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viernes, 5 de septiembre de 2014

Gigante copado

Rosario Central se volvió a encontrar situado en el plano internacional luego de ocho años de sequía que parecieron pegarles fuerte. Despertó tarde del shock, y no es la primera vez que el equipo de Miguel Ángel Russo regala un tiempo completo. Casi como un vago irresponsable, logró ponerse de pie cuarenta y cinco minutos después que sonó el despertador: un Gigante de Arroyito atestado e inquieto.
No había que ser brujo para adivinar, previo al partido, las intenciones de uno y de otro. Boca intentaría tener la posesión y controlar los tiempos; Central buscaría apostar a los pelotazos al Loco Abreu. Y eso es lo que hicieron ambos con sus limitaciones.
El conjunto rosarino salió mal parado a la cancha, con el irremediable vicio del doble cinco y la dupla central en línea. Entre Donatti y Berra, no se entendía quién tomaba y quién sobraba. Para colmo, dichos desacoples, quedaban aún más evidenciados porque Musto no taponaba y Barrientos no lo secundaba. Esto hizo que el local fuese un free shop con las puertas abiertas de par en par, cuya entrada libre supieron aprovechar los atacantes Xeneizes en los primeros minutos.
Medina, que no fue punzante en ataque ni auxiliar en defensa; y Jonás Aguirre, al que no le dieron mucho juego, desaparecieron como alternativas y obligaron al balón largo constantemente, partiendo en dos al equipo. Aunque no todo fue negativo en este primer tiempo, porque el uruguayo Abreu peinó la mayoría de los adoquinazos que le enviaba la defensa para Acuña, que inspirado por momentos, dificultaba al visitante.
Los protagonistas, cuales niños de jardín de infantes, jugaron a ver quién era más generoso. Se prestaron la pelota –lo que hizo que el partido a veces quede planchado en una laguna- y dominaron de a ratos. Es cierto que éste no escaseó de situaciones claras y condimentos de todo tipo, ya que ningún mediocampo lograba encontrar un mínimo de estabilidad y contención.
Lo advertíamos todos los testigos: Central no achica, tiene complicaciones en el retroceso y queda desarmado cuando le acortan los tiempos en la recuperación. Es decir, cuando le son verticales. Y eso le acarrearía problemas: “si no es ahora, va a ser dentro de cinco minutos” recuerdo que le dije a un amigo. Y así fue. Tras una pérdida inútil del Chucky y un resbalón infortunado del Loncho, el equipo quedó a merced del destino, que haría festejar a Boca un gol de visitante que vale oro. Leandro Marín abría el marcador y constataba las falencias de un equipo que debe trabajar un abismo para mejorar.
En el segundo tiempo la historia fue otra. Con el ingreso de Becker, que le brindó variables interesantes en la generación, y con la notable alza de Jonás Aguirre por el flanco izquierdo, el Canalla se hacía merecedor del empate entre travesaños, penales no cobrados y goles imposibles de errar.
Y no se vaya a creer que había solucionado los disparates defensivos. Lo pudo perder en más de una contra, siempre atenuadas por los guantes de Caranta. Y otro gol visitante, sellaba la serie prácticamente. Condenaba al Auriazul a hacer dos goles en la Bombonera. Pero Boca estaba totalmente desorientado y olvidado, incluso con un jugador más. Vale recordar aquí, el desvergonzado episodio de Donatti, quién habiendo flaqueado los noventa minutos, propinó un codazo innecesario a Meli en un balón que ya tenía ganado.
Con la cuenta regresiva de los segundos que se extinguían, las ilusiones que se empañaban y los murmullos que calaban hondo en los oídos de los jugadores, se paró Pablo Becker frente a la pelota en un tiro libre directo que consumaría el tiempo. Al hacer flamear las redes del arco de calle Génova, el estadio quedó encubierto por un furibundo y unísono grito de gol. Que no significa que Central haya jugado bien, y que tampoco denota un buen resultado (ahora está obligado a convertir en la cancha de Boca). Pero que sin dudas, representa un desahogo y un recambio de aire para afrontar la vuelta. 

sábado, 9 de agosto de 2014

Análisis: Rosario Central 3 - 1 Quilmes.

Por Fabrizio Turturici.

   Los dos goleadores que le dieron la victoria: Delgado y Acuña.
 Rosario Central, con su habitual 4-4-2 y su idea de fútbol vertical que no prosperó, enfrentó a un Quilmes que, de principio, se lo imaginaba agazapado en su campo con dos líneas de 4 bien marcadas, más allá de que su disposición táctica en la cancha sea un 4-4-3. Sin embargo, ocurrió lo inesperado: Quilmes salió a jugar mejor parado, con mayor estabilidad defensiva (Pérez Godoy se metió entre los centrales formando un triángulo corto y Central no pudo contra eso), y proponiendo un poquito más que su rival en cuanto a materia ofensiva. Por suerte, en el segundo tiempo la crónica es otra.

Resultan banales mis intentos de analizar el partido como uno solo; en cambio, únicamente se me hizo viable descomponerlo en dos partes. Porque para mí, desde el momento que Arnaldo González la colgó del ángulo tras un tiro libre generado por una desconcentración defensiva del local, empezó el fútbol.

 Antes de eso, eran dos equipos volcados a la cancha sin ningún proyecto estratégico y abusando del estatismo táctico. Especulando demasiado con el rival de enfrente y con la cabeza más puesta en el largo parate del que venían que de un grato debut, el partido cayó en un pozo engorroso difícil de sobrepasar. Jugadas claras en el primer tiempo dignas de ser relatadas no hay, salvo aquella emprendida por Sarmiento desde la izquierda, que termina con una increíble situación despilfarrada por Hipperdinger luego de un flojo rebote de Caranta al medio (que ya venía de comerse un gol de tiro libre a su palo). Cuestiones tácticas a destacar en esta primera mitad: que el Canalla tuvo complicaciones por la banda diestra, donde el recién mencionado Bryan Sarmiento (10) hizo desvanecer a Ferrari, ya que no sólo logró contener la subida del Loncho, sino que lo hizo bailar cuarteto cada vez que lo encaró. Por ese sector tuvo vertiginosidad el partido, aunque escaso de ritmo y de profundidad. Es cierto, esto también se debió, en gran parte, a los desacoples entre Musto y Domínguez, que habían demostrado ser una dupla interesante, pero que no escalonaban –ni Musto taponó ni Nery se soltó- y jugaban equívocamente en línea.  Mismo pecado que el doblecinco, cometió la zaga central. No se notó que alguno haya cumplido la función de último hombre para evitar quedar mal parados. Más allá de los obvios desajustes que pueden tener duplas nuevas, todavía no aceitadas; no se corrió grandes riesgos debido a la tibieza con la que iban al frente los contrarios, y a la velocidad cuasiamateur con la que se disputó el encuentro. De todos modos quiero descollar las actuaciones de los debutantes Musto (claro en los pases y preciso en las coberturas) y Acevedo (férreo en la marca y en el juego aéreo, e impecable en los cruces).

 ¿Central equivocó los caminos? Sí. No se divisó en su juego el consabido verticalismo del torneo pasado, sino que cayó en la simpleza del “fulbito” insulso, previsible y totalmente pasivo. De acá para allá, de allá para acá, y no piso el acelerador ni desequilibrio de tres cuartos de cancha para adelante para evitar problemas en el retroceso. Tampoco se jugó para Abreu, y eso que entre Medina y Aguirre tiraron casi treinta centros, de los cuales ninguno conectó con peligrosidad la cabeza del centrodelantero.

 En fin, los primeros cuarenta y cinco minutos de vuelta al fútbol, dejaron mucho que desear y exterminaron las altas expectativas que tenía el hincha de Central, que había concurrido al Gigante de Arroyito con la misma avidez y el idéntico ensueño de siempre, de ver buen juego en su equipo.

 Pero no es la primera vez que el equipo de Miguel Ángel Russo se levanta de las pálidas para ponerle su rostro de Guerrero a la sequía de fútbol, y acá es cuando empieza otro partido. Con ímpetu y espíritu supo rehacerse sobre sus cenizas, y el gol con el que se encontró en su empeine el Loco Abreu lo envalentonó hacia la victoria. Pelotazo frontal de Medina para Niell, gran salto del enano que logra vencer a la pésima salida de Benítez y concreción del uruguayo para el empate. Acá se da el punto de inflexión del partido.

 Con el crecimiento de Delgado y con el arrastre de Jonás Aguirre por el flanco izquierdo, y más tarde -de la mano de la cantera- con los ingresos de Becker y Acuña que le proporcionaron el toque de sorpresa y la chispa de explosión que necesitaba al equipo para dar vuelta el partido, Central revirtió la historia a cinco minutos del final, y selló la alegría del pueblo auriazul en el último minuto. También fue relevante el aporte de Damián Musto, que creció en el segundo tiempo cuando se soltó un poquito más (gracias a la regresión del visitante) y fue el más claro punto de apoyo del ataque canalla.

 Como decíamos, Pablo Becker (que ya había amenazado con un majestuoso pase entre líneas que dejó mano a mano con el arquero cervecero al Cachete Acuña) deslizó la pelota por un restringido túnel al ciclotímico Rafael Delgado, que con un zapatazo al segundo palo enfervorizó al estadio y le dio la –desde entonces- merecida victoria.

 Sobre el final, resguardándose en su arco de los intermitentes ataques de su rival, encontró el tercero, de la mano de los dos jugadores que cambiaron el curso del partido. Contragolpe implacable: Nery roba y efectúa la salida rápida para Abreu. Éste pivotea y habilita a Becker, que traslada y corona su segunda asistencia de gol en el partido, ahora a Acuña, que amaga y define con mucha tranquilidad.

 Quilmes se había desmoronado físicamente y eso influyó, hay que decirlo. Pero nadie puede negar que en el segundo tiempo, Rosario Central haya ido con convicción, con corazón y con algo de fútbol para comenzar el año de manera ideal. Un 3 a 1 a favor, en su cancha, que sirve para extirpar los nervios y las ansiedades del debut, relajarse y poner la cabeza en el siguiente objetivo: River Plate en el Monumental.

El árbitro: un desastre. Demostró que no está capacitado para dirigir este tipo de partidos. Utilizó dos reglamentos distintos para cada equipo –los jugadores de Quilmes le hicieron lo que quisieron adentro de la cancha.

La figura: Pablo Becker, que con audacia ofensiva, desniveló cada vez que la tocó y torció el desvaído destino al que caminaba Central en el partido.

El técnico: Miguel Ángel Russo supo revertir la actitud desde el vestuario del entretiempo. Y si bien demoró los cambios algunos minutos de más, dio en la tecla justa en cuanto a nombres.




domingo, 27 de julio de 2014

El inmortal muchacho brasileño.

La historia de Ayrton Senna, campeón de campeones.
Por Fabrizio Turturici.

Que de Brasil surgieron innumerables estrellas del deporte, es algo consabido para los amantes del mismo. Entre ellos, es imposible no mencionar el nombre de Ayrton Senna da Silva: sin duda, el más grande piloto de Fórmula 1 de todos los tiempos –no sólo del país, sino del mundo para muchos eruditos- con una personalidad humilde y ganadora que brillará para siempre en la eternidad.  Porque es así, mientras algunos tienen su fama efímera, por una recta, unas vueltas, unas curvas; otros, como Ayrton, ponen su firma definitiva en los papeles de la historia grande del automovilismo.

Nacido el 21 de marzo de 1960, en San Pablo, Ayrton Senna no demoró su pasión por los autos de su nacimiento: de muy chico, su padre Milton, construyó para él un karting equipado con frenos a disco y un motor extraído de una picadora de caña que le permitía alcanzar una velocidad de 60 km/h. Vecinos de su antigua casa, atestiguan que permanecían horas mirando perplejos y boquiabiertos cómo ese chico, de unos cuatro o cinco años, agarraba las curvas con una noción propia de un sabedor.

 La dedicación y la habilidad de Senna al volante se iban alimentando con el pasar de los años de manera abismal. Tanto es así, que a los 17 años consiguió su primer título sudamericano de kart, éxito que repitió al año siguiente. Ese mismo año (1977) participó de su primer Mundial, sin poder lograr el podio. Y aunque su vidriera rebosaba de títulos brasileños, el título mundial se resistía a caer de su lado, conformándose con dos subcampeonatos y con un prestigio de campeón que comenzaba a llamar la atención de todos los fanáticos y a asomar sus narices en los principales medios periodísticos de cada rincón del mundo.

 Con 21 años, joven –aunque decidido a triunfar y con una inmensa trayectoria por delante-, Ayrton cruza el Atlántico empeñado en ser parte de la élite profesional del deporte, recayendo en Gran Bretaña, “cuna del automovilismo”, su paradero que lo llevaría a la gloria ad eternum.

 Convencido en abandonar todo tipo de trabas psicológicas que eran su carga desde Brasil, al mando de un Van Diemen Rf80 – Ford, se inscribe en dos campeonatos y los vence de forma clamorosa, con un palmarés lleno de vueltas rápidas y victorias. El sendero hacia el Olimpo parecía que se abriría expedito a sus pies, pero un viento sopla desde el continente americano, con la noticia de que lo había abandonado su bella esposa Lilian. Senna, sin dinero y ofuscado por su flagrante separación, decide volver a su añorado país; lamentándose, entre tantas cosas, por sus bajos ánimos de continuar con su sueño. Así lo evidenció en una de sus célebres frases: “Me doy cuenta que para progresar el talento es insuficiente, hace falta dinero y muy buena preparación psicológica. Debo elegir entre mi familia y las carreras, y no quiero ir corriendo detrás de los sponsors. Me retiro de todo, sólo correré en kartings”.

 Después de un tiempo, reanimado por sus afectos, encendió el motor, puso primera y volvió a encaminar sus deseos y anhelos. Un sinfín de victorias y poles en la categoría 2000 del Pace British y Efda, le valieron su merecido premio de disputar con un Ralt Rt3 – Toyota la competencia de F-3. Mientras tanto, Ayrton residía en una casita cerca de Norwich, que antes había pertenecido a un ex piloto de Fórmula 1, Raul Boesel: todo un indicio.

 Sin dudas, éste era su escalón a la F1 y sabía que no podía desaprovecharlo. Las demostraciones de clase que propinaba sobre la pista, le permitieron contar con el sponsor de Malrboro, que lo llevó al Campeonato Mundial de F3 en Asia para que lo pudiera ganar abrumadoramente. El examen estaba superado, y por fin le llegaría ese momento de debutar en la Fórmula 1, del cuál estaba ávido desde los cinco años.

 Su entrada a la misma se produjo de la mano de un contrato firmado por la modesta escudería Toleman. Apenas en su segunda carrera, Ayrton logró la sexta posición, a pesar de correr con el frontal de su monoplaza estropeado. Para confirmar que este resultado no fue casual, Senna repitió en el GP de Bélgica. Y luego, en el de San Marino, no pudo clasificarse por un inconveniente entre Toleman y Pirelli. Lo que el brasileño no sabía, es que precisamente allí, el futuro le tenía reservado una terrible fortuna.

 El año 1984 tuvo un momento álgido para Ayrton: el del GP de Mónaco. La jornada en el principado había amanecido lluviosa y con una intensa bruma que bloqueaba hondamente la visibilidad. Nadie se esperaba que el emergente genio de la F1 se destacara de tal manera en esas condiciones. Ninguno de los millones de espectadores conocía la destreza que Senna tenía en pistas mojadas, y fue así que dio el gran batacazo. Entre charcos de aguas y a base de espectaculares maniobras y adelantamientos, logró la segunda plaza. En su mira, tenía apuntado al primer lugar, que era ocupado por Alain Prost. Hombre que en el tiempo se convertiría, sin dudas, en el mayor oponente de Ayrton.

 El resto del campeonato, con un vehículo bastante mediocre, logró varios podios y dio a conocer su nueva decisión: se iría de Toleman para correr en Lotus. Así, más acaudalado gracias a su nuevo vínculo y con una monoplaza mucho más competente –si bien ese año dominaban los McLaren-, logró alzarse con dos importantes victorias, la primera bajo la lluvia de Estoril y la segunda, en Bélgica.

 Al año siguiente, 1988, Senna consigue su primer título de la mano de McLaren y el prestigio que merecía. Porque fue ese campeonato, que el virtuosismo de Ayrton pudo más que la experiencia y la estrategia del “profesor”, Alain Prost. Tras un emparejamiento constante y una resolución final apretada, el as brasileño se adjudicó su primer título de F1, lo que sería el puntapié inicial de una gran crónica.

 En 1989, las relaciones de Senna y Prost –compartían escudería- eran de gran compañerismo y camaradería (o al menos eso parecía). Aquí la historia da un rotundo giro sobre su eje, y los enfrenta casi permanentemente, luego del no cumplimiento de un preacuerdo hecho entre ambos, que pactaba que el primero que llegue a la curva, no se vería atascado por el otro. Desde esa victoria de Ayrton –en la que Alain había largado mejor y el incidente lo hizo deshacerse-, se desenterró el hacha de guerra y se aseveró que cada uno seguiría su camino-. Algo que, claro, tampoco se cumpliría, teniendo en cuenta que sus peripecias se volvieron a cruzar en innumerables ocasiones. Meses más tarde, en el GP de Japón, Senna tenía en la mira de sus pequeños y desafiantes ojos la patente de Prost, que era acechado por la velocidad del brasileño. Cuando sobre el ocaso de la carrera éste pudo pasarlo en una curva, “el profesor” se le cerró previendo la maniobra, ocasionando el enganche de los vehículos. Senna pudo continuar, y arrebató el primer puesto (que estaba ahora ocupado por Nannini). Sin embargo, el francés Balestre le consintió la victoria al italiano, generando violentas polémicas que devinieron en una descalificación y multa por parte de la FIA; y la gradual depresión del brasileño. Su estado emocional que ya rayaba el paroxismo, y sus negros ojos, que ahora reflejaban un infinito túnel oscuro de incertidumbres, desconsuelo y nostalgia; brillarían nuevamente al año siguiente, con la redención con Prost y su segundo título mundial.

 1990 fue una buena oportunidad para reconstruirse sobre su base. Como una mitológica ave fénix (que cada vez que se derrumba, se rehace sobre sus cenizas), Ayrton Senna da Silva litigó nuevamente con el actual N°1 en la tierra del sol naciente, que ahora paseaba su lomo sobre una potente Ferrari roja. Sin embargo –y más allá de toda refracción-, se subió a su coche decidido a reverdecer sus ímpetus, sin necesitar 46 vueltas como el año pasado, sino que apenas una curva, la primera, para despojar a Prost de la hegemonía colocando su figura y para adornar sus repisas con otro trofeo mundial.

 Un nuevo año, un nuevo título. El 1991 para Ayrton Senna fue un año complicado aunque lleno de triunfos. Él mismo lo declaró uno de los más infelices de su vida. Y no fue de mucho consuelo haber logrado el tricampeonato mundial (nuevamente en Susuka, Japón); haber logrado un GP en sus tierras natales (hecho que repetiría dos años después); haber colocado su nombre en una exclusiva y restringida lista de tricampeones mundiales de la F1; y haber consiguido el éxito sempiterno.

 Los años que siguieron, fueron un intento banal e infructuoso de contrarrestar la supremacía de Williams-Mansell. En el ’93, y sosteniendo su argumento de cuán insoportable es la presión psicológica de pertenecer a la élite, el genio de la F1 casi se pierde de participar por cuestiones contractuales. Aun así, luego de duras tratativas, vuelve a deslumbrar al planeta con sus maniobras. Por ejemplo: en el circuito británico de Donington Park, bajo la lluvia más impresionante de los últimos veinte años, cuando Senna largó mal y comenzó a devorarse uno por uno, llegando de nuevo, al segundo lugar (precedido por Prost y su “astronave”), y volviéndoselo a arrebatar finalmente. El final del año proclamó campeón al piloto francés. Senna refrendó su clase excepcional con un subcampeonato y una serie de cinco victorias consecutivas con su monoplaza notablemente inferior a la de sus adversarios.

 Lamentablemente, no todas las historias tienen un final feliz; y aunque desearíamos que el 1994 jamás hubiese llegado, es inevitable de omitir en las crónicas de nuestro héroe. Senna, quien venía de consabidas depresiones y no se lo veía feliz acorde a sus logros, agobiado por las presiones, tuvo la mala decisión final de seguir corriendo y no abandonar el deporte, cuando se sabe, que estuvo a punto de hacerlo. Firmó para la escudería Williams una muerte previsible, causada por los ineficientes “cráneos” de la organización.

 Las pruebas invernales habían desanimado y preocupado la granítica confianza del abrumado Senna. Los nuevos vehículos se habían vuelto inmanejables e incómodos, y ya se habían sucedido una serie de accidentes que preocupaban a todo el mundo (salvo a los minúsculos cerebros de la FIA, claro).

 San Pablo, su “patria chica”, recibía el primer GP del año y junto a él, a su máxima figura. Las calles de Brasil rebosaban de alegría y cada bar del lugar se desbordaba de locura y pasión por su máxima figura. Para sorpresa de todos, Ayrton sufriría un trompo, y la carrera la ganaría otro emergente campeón de campeones, Michael Schumacher. Las sombras invernales se volvieron cada vez más densas y ni siquiera “el hijo de las tormentas y los fuertes vientos” pudo disiparlas.

 Gran Premio de San Marino. Imola, circuito Enzo y Dino Ferrari. Curva de Taramburello. Año 1994. 1 de mayo. El recuerdo es una pesada carga sobre la espalda imposible de sacársela de encima, la memoria resquebraja los moribundos corazones de cualquier amante del automovilismo. O del deporte mejor dicho. Porque Ayrton Senna, de un segundo a otro, pasó a formar parte de la pole. Esta vez, la pole del cielo.


 Su funeral fue uno de los más emotivos de la historia. El inerte cuerpo que había pertenecido horas antes al piloto más grande de Brasil y del mundo, fue acompañado por las calles de su amado San Pablo por más de dos millones de personas desconsoladas y atónitas, realizando su recta final al Olimpo de los Dioses del automovilismo.